Me dejaste.
Me dejaste aquí.
“No tuve opción”, dirías si pudieras, y lo sé, lo entiendo, pero eso no borra el que me dejaras.
Me dejaste aquí, aunque no soy la anfitriona, aunque no es mi casa… nadie se dirige a mí y eso lo agradezco.
Me dejaste aquí, ayudando a tu madre, sabes que jamás he podido con su espontaneidad, con su expresividad extrema.
Me dejaste aquí, acompañando a tu padre, sintiéndome una inútil por no saber cómo borrar el descontrol de esas facciones tan parecidas a las tuyas.
Me dejaste aquí, obligándome a utilizar un vestido negro, sí, tengo un vestido, sabes que odio como me quedan los vestidos.
Me dejaste aquí, con el cabello en uno de esos grandes recogidos, detesto no tener mi cabello en la cara y eso también lo sabes.
Me dejaste aquí, a soportar como tu amigo el morboso mira a tu hermana mayor y a mis amigas, insinuándoseles, incluso hoy.
Me dejaste aquí, muriéndome de frío por la falta de tela sobre mis brazos, mi cuello y mis piernas.
Me dejaste aquí, para escuchar a toda esta gente hablar de ti... en pasado.
Me dejaste aquí, sin tener a nadie que noté mi desaparición del salón donde se reúnen los hipócritas.
Me dejaste aquí, esperando que aparezcas detrás de mí mientras veo las estrellas y me pongas tu abrigo encima.
Me dejaste aquí, sola, sin tener a quién abrazarme para dejar salir mis emociones, en esta ocasión precisa, mi llanto.
Me dejaste aquí, abrazándome a mí misma, frotando mis manos en mis brazos, mientras aprieto mis parpados esperando que las lágrimas salgan de una buena vez.
Me dejaste aquí, rodeada de tantos y sintiéndome tan sola.
Me dejaste aquí, a enfrentar sus miradas llenas de un profundo recelo por ser yo quién reemplace a tus padres mientras los míos los consuelan.
Me dejaste aquí, a despedirme por tus padres de todas estás caras engañosamente compungidas y ocultamente molestas porque no podrán sacarme nada a mí.
Me dejaste aquí, sola, a enfrentar a todos estos extraños que dicen sentirlo cuando ellos, tú y yo sabemos que no es verdad.
Me dejaste aquí, a recibir los pésames que tu madre y tu hermana no fueron capaces de seguir soportando.
Me dejaste aquí, parada reemplazando a tu hermano, que prefirió no enfrentar nada de esto y darme su lugar.
Me dejaste aquí.
Me dejaste.
Nadie sabe lo mucho que llegaste a significar para mí.
Todos creen que estoy aquí por obligación, como un compromiso social más de mis padres con el que cumplo por ser la hija responsable, a pesar de mi carácter.
Lo que no saben y no entienden, lo que ni los desconocidos, ni mis padres, ni los tuyos, ni nuestros amigos… lo que ni siquiera tu sabrás nunca, es que, a diferencia de la mayoría aquí, yo realmente lo siento.
Realmente siento que no estás aquí, y te extraño, te extraño tanto, y ya no lo soporto más, como puedo me desenvuelvo de ese abrazo frío que me intenta dar la anciana madre interesada de esa amiga tuya que jamás me agradó.
Me alejó de ella, por suerte ya no quedan muchos, podrán irse sin ser despedidos, tal vez se enojen, pero como tu hermana, tu madre, tu padre y tu hermano, yo ya no soy capaz de soportarlo más.
Camino con tanto aplomo como puedo, aunque mis pies, mi corazón, mi piel, mi mente y mi espíritu me están matando.
A travieso las primeras puertas de cristal que veo, bajo las escaleras del balcón, me dirijo a la fuente, creo que por fin podré dejar de contener el llanto, me siento con la espalda en un árbol, tras unos rosales en flor.
“Nadie me encontrará aquí en un buen rato” , pienso.
–Eso mismo pensé la primera vez que estuve aquí– miro al cielo.
–… – siento como algo en mi corazón termina de quebrarse cuando proceso mis palabras lanzadas al viento. Abro mis ojos. Me doy cuenta.
–Ahora es cierto – por fin dejo escapar un sollozo y mis lágrimas ruedan por mis mejilla, no una o dos, son dos ríos que no dejan de fluir mientras intento mantener mi vista en la luna, las siento llegar al límite de mi rostro y resbalar hasta mi cuello, y no se detienen. Nada dolió tanto en todo este tiempo, nada dolió tanto como la veracidad de este ultimo descubrimiento.
– Ahora… ya no estás… para encontrarme – cierro mis ojos con fuerza, me cuesta hablar, no puedo evitar hipar, dejó caer mi cabeza, rogando porque algún día este dolor se detenga.
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